Los incendios de estos días recuerdan una de la dimensiones de la política en la sociedad de hoy que a veces suele olvidarse: la política no consiste sólo en inflamar la voluntad de la gente con frases y propósitos (que en estos años han abundado) también exige capacidad técnica para gestionar el riesgo a que está expuesta la sociedad contemporánea (y esto ha escaseado).
Fue Ulrich Beck, un sociólogo alemán muerto hace pocos años, quien caracterizó a la sociedad contemporánea como una sociedad del riesgo. La sociedad, dijo él, es tan compleja, son tantas las variables que confluyen en un punto cualquiera del tiempo, es tan compleja la interacción humana, que el principal problema que deben afrontar no es el de encaminarse como se creía en el siglo diecinueve y la mitad del veinte, hacia la cúspide de la historia, sino prever y gestionar los riesgos de la vida social.
Ese rasgo es el que se acentúa en la sociedad contemporánea. La misma actividad humana (estimulada por la ciencia, la autonomía personal y el emprendimiento) en vez de aminorar los riesgos los acentúa. De alguna forma el bienestar que las sociedades han alcanzado (el bienestar de la sociedad chilena sin ir más lejos) incrementa los riesgos. Porque ese es el rasgo fundamental: los riesgos no vienen del entorno que rodea a la sociedad, son producidos o agravados por ella misma.
Todo ello plantea especiales desafíos a la política.
La política puramente ideológica, esa que inflama las pasiones y dibuja el futuro, es inútil frente a la sociedad del riesgo. Porque el riesgo no consiste en un futuro imaginado, sino en un futuro impredecible. Los problemas de la sociedad no son solo de justicia, son también de eficiencia y de racionalidad instrumental frente al entorno.
Y para manejar el entorno y el riesgo, ese futuro impredecible, se requiere alta capacidad técnica y de gestión. No bastan las frases terminantes, las cuñas y la contención emocional de las víctimas: se requiere eficiencia, manejo de la información, experiencia, racionalidad técnica.
En el caso del gobierno del presidente Gabriel Boric -todo hay que decirlo- sobra la empatía con el drama que los riesgos, cuando se verifican, causan, y hay en muchos de sus cuadros un espíritu de solidaridad similar al del voluntariado de sus años de estudiantes; pero todo ello es ex post, aparece una vez que el desastre se ha producido. Es una actitud valiosa, sin duda; pero lo que se necesita es un quehacer ex ante: previsión y manejo del riesgo. En octubre del año 22 ya se preveía que esto ocurriría, como el propio presidente lo expuso cuando anunció incremento de recursos y compra de aviones. Y, sin embargo, los incendios acaban de sorprender a todos con medios insuficientes.
La política de estos años ha girado insistentemente en torno a la indignación moral que causa lo que se detecta como injusticia o desigualdad y allí la denuncia ha sobrado y ha sido abundante. Pero -este es el problema de la sociedad del riesgo- lo que se requiere no son denuncias, ni frases, es necesaria racionalidad técnica e instrumental para controlar los desastres que provienen del entorno y que la propia actividad humana incrementa.
Es verdad: no hay que convertir el drama de los incendios en ocasión para maltratar al gobierno: pero tampoco hay que olvidar que estos eventos desgraciados son la ocasión para probar si los actos y la capacidades con que cuenta están a la misma altura de las frases que es capaz de tejer.